El bueno, el feo y el que contamina

En la revista de Enigmas de este mes podemos leer algo sobre Bush, que no se sabe muy bien como, pero se mete hasta en las revistas de divulgación paracientífica.

Pues bien, al parecer, este tejano peleón, se ha propuesto dejar a su suerte los bosques norteamericanos (Clinton prohibió la tala en determinadas zonas protegidas), para que cada alcalde o gobernador responsable de los mismos decida qué hacer con ellos, dándole, si así lo cree conveniente para su bolsillo, luz verdes a las compañias madereras.

Esta es una medida que recuerda un poco a esa reflexión maravillosa del mismo ser que, en 2001, dijo que, para evitar los incendios, se debían talar los bosques.

También se comenta en el artículo el desdén de Bush hacia todo aquello que no produzca beneficios rápidos sin esfuerzo, que le llevó a rechazar el tratado de Kyoto, por el cual los países firmantes se comprometen a moderar sus emisiones contaminantes de gases del efecto invernadero, alegando que “es posible que el cambio climático no sea producido por el hombre”.
Esta frase tan llena de poesía, que resuena con voz propia, me da pie a tratar el confuso tema del cambio climático.

Ecologistas, muchos científicos, y gran parte de la población cree que el problema del calentamiento global se debe indudablemente a la mano del hombre. Sin embargo, no existen realmente evidencias de que esto sea así.

Ahora, a lo del césar lo que es del césar, la teoría en la que se basan para afirmar la culpa del hombre es muy buena y no tiene, a priori, más pega que la del desconocimiento de cómo se produce en realidad el cambio climático.

Es lógico pensar que, si existe un efecto invernadero natural, compuesto de varios gases, denominados gases del efecto invernadero, que mantienen una temperatura aceptable en la tierra, y aumentamos la cantidad de esos gases, la cantidad de rayos que reboten para mantener la tierra caliente, también aumente, y con ello, el calor.

Pero, el cambio climático, como el efecto invernadero, también es un efecto natural. A lo largo de la historia han sucedido muchos y diversos cambios climáticos, enfriando o calentando la Tierra.
Por otro lado, la hipótesis de “calentamiento global” no es exacta. Esto es, en algunas zonas de la Tierra la temperatura se ha elevado, sin embargo, en otras esta ha descendido.

Uno de los datos que menos favorece la teoría de la autoría del hombre es el de temperaturas del siglo pasado. Según avanzamos en el tiempo, la industrialización es mayor. Por lo tanto, se expulsan a la atmósfera mayor cantidad de gases del efecto invernadero. De acuerdo con la teoría, la temperatura se elevaría de acuerdo a esta industrialización. Sin embargo, en la realidad esto no sucede así. Las temperaturas totales, de todo el siglo, muestran un aumento de aproximadamente 1 grado (Celsius o Kelvin, igual da). Pero esta subida no es uniforme. Así pues se producen saltos, de modo que unos años se eleva la temperatura y otros desciende, aleatoriamente (sin orden aparente).

De modo que, por un lado tenemos una maravillosa teoría, que explica de una manera completamente lógica y desde luego aceptable el cambio climático que estamos sufriendo. Pero, por otro lado tenemos una serie de datos que, en lugar de demostrar la teoría anterior, tienen vocación de refutarla. Este hecho declina en que dentro de la comunidad científica surgen voces discordantes en este tema, no llegando a una solución a la cuestión sobre la culpa del hombre.

Dada esta situación, la manera en la que se planteó el tratado de Kyoto no fue, en mi opinión, la mejor. No debían haber tomado como causa de ese tratado el cambio climático, pues así le dieron a Bush la oportunidad de excusarse.

Desde mi punto de vista, existen más y mejores razones, completa y absolutamente comprobadas, que no dejan lugar a dudas sobre el causante, que podrían haber servido.

Una de ellas es el llamado “smog”, que viene de una mezcla de las palabras inglesas “smoke” (humo) y “fog” (niebla). Este efecto, que se da en las ciudades más industrializadas, es mortal. En 1952, unas 12000 personas murieron en Londres a causa de este efecto. En México, se le asignan a los coches unas pegatinas de colores, de modo que sólo pueden circular los coches que tengan la pegatina del color adecuado para ese día, con el fin de evitar tan desagradable fenómeno.

Este efecto es de origen conocido. Generalmente, las capas inferiores, el aire que respiramos, se encuentra a mayor temperatura que el que está en capas superiores. De modo que, dado que los gases a mayor temperatura ascienden (por eso vuelan los globos), se produce un cambio, un ciclo entre las dos capas de aire. El aire puro de las capas altas se intercambia con el aire viciado de las capas bajas. Una vez en las capas altas, se purifica. Pues bien, lo que pasa con el smog es que, debido a la elevada contaminación, las capas altas están más calientes que las bajas. Así no se puede realizar el cambio, y nos comemos nuestra propia mierda, literalmente. Aire viciado en forma de neblina.

Son problemas como el smog, sobre los que no hay ninguna duda, de origen completamente claro, los que deben instar a la población y a las empresas a no contaminar tanto. Así, la próxima vez, no habrá ninguna excusa. Reduciendo las emisiones de gases contaminantes, nos libraremos de grandes trabas para nuestra salud… y, quién sabe, quizás también del cambio climático.

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