Las dos caras de los mentirosos

En el mundo de los engañabobos, estos han de mantener las formas en torno a sus feligreses. No pueden permitirse salidas de tono frecuentes, han de ser respetuosos y tener una ideología acorde a nuestro tiempo, políticamente correcta. Esto no es siempre un valor de la persona independientemente de su trabajo. Así que es frecuente observar cambios aparentes de mentalidad en alguno de estos charlatanes. Así pues, tenemos a Pedro Amorós, quien se enojo al ver su nombre reflejado en un artículo de “El retorno de los charlatanes”, y así se lo hizo saber a Mauricio-José Schwarz. Por aquel entonces, Pedro era un inocente corderito, que hablaba sin conocimiento de causa (pero en todos los temas que tocaba). Y así, vio impotente como le caían del cielo, como por arte de magia, una enorme y descomunal somanta palos, retratada en una serie de entradas que mostraban las mentiras del charlatán en cuestión. Ante esta nueva experiencia que Pedro sufrió en sus carnes, su reacción fue inesperada (supongo) por sus sectitas, aunque esperada por los escépticos. Cavó un hoyo y metió la cabeza mientras le daban patadas en el culo (síndrome Benítez). Y así, nos mostró su faceta cobarde, como ya lo habían hecho antes Juan José Benítez con sus bases lunares e Iker Jiménez mintiendo para conseguir apoyo científico a su “alerta OVNI”.

Pues bien, no solo los flipaos de los OVNI y aquellos que se graban diciendo cosas como “agüita” nos muestran su verdadera personalidad de cuando en cuando. Médium, curanderos, videntes… un enorme elenco de “profesionales” del engaño también nos permite ver su verdadero modo de pensar, generalmente mediante deslices, bien a la hora de hablar, bien a la hora de escribir.

En la lista de correo [zonaespirita], se publicó un mensaje con un fragmento de un libro, “El Eterno Mensaje de la Montaña”. El texto trataba sobre la enorme bondad de Jesús (el tipo este… cómo se llama… salvador de los cristianos), y, en definitiva, sobre la bondad del cristianismo (de palabra, claro). Pero, en él, podemos encontrar algo tal que:
“Una incontable multitud de criaturas enfermas y necesitadas se aglomeraban allí: ciegos, sordos, mudos, paralíticos, leprosos, en fin toda la escoria del mundo.”
“Toda la escoria del mundo”... no sé, yo a los enfermos no los suelo considerar escoria. Si considero escoria, por ende, a los médium, videntes, curanderos… esta gente que, muchas veces, se aprovechan de personas enfermas para lucrarse (con lo que no es extraño, una vez dicho esto, que los consideren escoria). También considero escoria “El Código Da Vinci”… pero eso ya lo he tratado en otro post.

Por cierto, este libro, copypasteado directamente del mensaje, tiene los siguientes autores:

Autor espiritual: León Tolstoi
Médium psicográfica: Celia Camargo

Así que, podemos determinar sin margen de error alguno, que la autora es Celia Amargo, de profesión, engañabobos. He buscado en Google información sobre esta chavalina, pero no aparece nada. Y, ya se sabe, que si no apareces en Google, no existes (háztelo mirar).

Resulta irónica, contrasta significativamente, tal desprecio hacia los enfermos en un texto donde la moraleja es “HAZ A LOS OTROS TODO LO QUE QUIERAS QUE ELLOS TE HAGAN”, donde la temática de fondo es la caridad.

Y ahora, para llenar un poco de espacio, todo el texto en el que está basado el post (para quien quiera leerlo). Así, de paso, pueden, quienes hallan leído a Tolstoi (yo no), determinar si es creíble eso de “autor espiritual”, si tiene un estilo de narración parecido.

El Paralítico

"Pues, todo cuanto queréis que los hombres os hagan, así también
haced vosotros a ellos; porque esta es la ley y los profetas.",

(Mateo, cap. 7:12)

Hace mucho tiempo, en Judea, vivía un joven llamado David. Nació
sano, tuvo una infancia alegre y descuidada y la juventud llena de
placeres y diversiones.
Era fuerte, guapo y elegante, razón por la cual las mujeres se
apasionaban perdidamente por él.
Pero, una mañana de invierno despertó con cierta debilidad en las
piernas, acompañada de horribles dolores que lo obligaron a
permanecer en la cama.
Al cabo de una semana, intentó levantarse, pero no lo consiguió. Los
médicos consultados, le recomendaron tisanas, ungüentos, baños y
masajes; pero nada de eso fue eficaz para aliviarle la dolorosa
situación.
David, al percibir que ya no podría tener una vida normal como
cualquier otro joven de su edad, se dejó dominar por una gran
desesperación. Lloró mucho, debatiéndose en angustias inenarrable.
Con todo, después de algunos meses, se conformo con lo que no podía
cambiar: estaba paralítico.
La alegría desapareció, volviéndose una persona triste y melancólica.
A pesar de la desgracia que lo alcanzó en pleno florecimiento de las
esperanzas, poseía un corazón bien formado y sentía piedad de las
otras personas, pese a su propio sufrimiento.
En cierta ocasión oyó hablar de un profeta, que andaba curando
ciegos, sordos, cojos y desfigurados, endemoniados (obsesores) y
hasta leprosos, y quiso con vivo interés conocerlo.
Al ser informado de que ese hombre – conocido como Jesús de Nazaret,
un carpintero Galileo – se aproximaba a su ciudad, deseo
ardientemente ir a su encuentro. También quería ser curado por él,
como ya ocurrió con tantas personas.
De familia muy pobre y sin recursos para alquilar un carruaje que lo
llevara más confortablemente, suplicó a su hermano, Jacobo, que
improvisara una camilla y lo llevase al encuentro del carpintero
Galileo.
Al principio el hermano se negó. No creía en milagros y temía
alimentar falsas esperanzas en David, pues sabía que su enfermedad
era irreversible. Sin embrago, éste insistió tanto que él acabo
accediendo.
Salieron al otro día muy temprano, acompañados de otras personas que
también deseaban conocer al rabí. Por el camino encontraron más
gentes, muchas de ellas enfermas, que se dirigían para el mismo lugar
donde estaría Jesús. Al aproximarse al sitio, avistaron a un gran
número de personas.
Bajo un intensa expectativa, se acomodaron lo mejor posible, dadas
las circunstancias y se quedaron también esperando.
Una incontable multitud de criaturas enfermas y necesitadas se
aglomeraban allí: ciegos, sordos, mudos, paralíticos, leprosos, en
fin toda la escoria del mundo. Todos traían estampada en el rostro la
secreta esperanza de ser curados por el profeta Nazareno.
Al lado de David, un pobre infeliz también aguardaba como tantos
otros. Se pusieron a charlar y David llegó a saber que Jonás, además
de paralítico, también era ciego. Completamente enfermo, que en poco
tiempo, lo redujera a aquella condición atroz. Tan sólo conseguía oír
y hablar. Nada más.
David sintió profunda compasión por el pobre hombre que estaba allí
casi en la condición de un vegetal. El, David, por lo menos podía
mover los brazos a voluntad, hacer alguna tarea con las manos,
ayudando a Jacobo en el mantenimiento de la casa; veía y apreciaba lo
que ocurría a su alrededor, participando. Sólo que no podía andar con
sus propias piernas. Imaginó como debía de ser triste la vida de
Jonás, sumergido en las tinieblas eternas.
En ese momento el ruido de la gente indicó que el profeta se acercaba
y se callaron. De donde estaban, podían ver toda la gente que se
agitaba sufrida y ansiosa. La figura majestuosa que asomó de la dejó
a David muy impresionado. Al caminar, posó su mirada en el pueblo,
que se aquietaba por completo.
Se vestía con mucha sencillez, con una túnica de tejido rústico. Los
cabellos castaños, repartidos a la costumbre nazarena, descendían
hasta los hombres, y traía tanta paz y ternura estampadas en el
rostro que David se enterneció. Al ver aquellos ojos que eran dos
pedazos de un cielo muy azul, el joven sintió ímpetus de arrodillarse
a los pies del maestro galileo, no lo pudo hacer debido a sus
precarias condiciones, que no se lo permitían.
El profeta comenzó a hablar con voz tierna y acento inolvidable. Bajo
la suave brisa que soplaba. David sintió una inmensa paz invadiéndole
el corazón.
Mientras Jesús hablaba, la gran masa humana se dejaba prender bajo el
magnetismo de aquella figura extraordinaria.
"Bienaventurados los humildes de espíritu, porque de ellos es el
reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran porque ellos
serán consolados."
El llamado de Rabí a todas las criaturas tristes y desesperadas
repercutió en el alma de David, sensibilizando hasta las lágrimas.
Miró a su alrededor y vio que muchos de los que estaban allí, al
igual que él, también lloraban emocionados.
Y El continuó hablando y explicando su doctrina al pueblo hambriento
de consuelo y de paz. Cuando terminó su charla, el Profeta Nazareno
comenzó a atender, imponiendo las manos diáfanas sobre la cabeza de
cuantos se aproximaban.
La multitud se agitó. Como todos deseaban acercarse al maestro, se
formó un gran tumulto. Jesús curaba sin cesar, pero era muy difícil
llegar hasta él. Las personas se apretaban con ansias de ser
atendidos. En la confusión que se estableció, David consiguió
aproximarse conducido por Jacobo. El rabí curaba desde hacía horas y
se fisonomía demostraba cansancio.
Un hombre que estaba siempre junto a él y que decían que era uno de
sus discípulos, un pescador de nombre Simón Barjonas, afirmó con voz
muy fuerte: el Maestro necesita retirarse. Sólo atenderá a una
persona más.
David sonrió. Estaba muy cerca del nazareno y con seguridad sería él
el beneficiado.
En ese momento, mirando al lado, vio al pobre infeliz paralítico
Jonás, con quien estuviera hablando mientras aguardaba y por quien
sintiera un sincero afecto, y se sintió lleno de infinita compasión.
El compañero ni siquiera podría tener la felicidad que le fuera, de
ver la figura majestuosa del Maestro galileo, allí tan cerca, ya que
aparte de todo lo demás, era ciego.
Jesús dijo un poco antes: "Pues, todo cuanto queréis que los hombres
hagan por vosotros, haced así vosotros también por ellos; porque esta
es la ley y los profetas."
Buscó con la vista al rabí de Galilea, que lo miraba con ojos serenos
y tiernos. Las palabras oídas hacia poco de la boca de Jesús
repercutían aun en sus oídos y sintió, en lo más hondo del alma, que
el mensaje le sería suficiente para toda la vida. Ser curado ya no le
parecía tan importante.
Sonrió al Maestro y se giró hacia el paralítico a su lado. Jesús lo
entendió, sin necesidad de palabras.
Acercándose más, el profeta colocó la mano suavemente sobre la cabeza
de David.
El joven sintió un nudo en la garganta y las lágrimas le inundaron el
rostro, tal era la emoción que lo dominada en aquel momento supremo.
Entendió la lección y percibió que el Maestro aprobaba su gesto.
Enseguida, el rabí se dirigió a Jonás, que intentaba entender lo que
estaba sucediendo en aquel momento a su alrededor e, imponiéndole la
mano en la cabeza, le ordenó:
-¡Levántate y anda! Estás curado.
Bajo gritos de alegría, el hombre se levantó del lecho improvisado,
exclamando:
-¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Estoy curado! ¡Estoy viendo! – lloraba y reía,
reía y lloraba.
El Nazareno se alejó en vuelto por la multitud y en poco tiempo el
lugar quedó desierto.
David, aunque no había sido curado, volvió a casa satisfecho. Jacobo
no entendió lo que pasó ante sus ojos, considerando un absurdo que el
hermano no hubiese aprovechado la oportunidad que tuvo, estando cerca
de Jesús.
David permanecía callado y pensativo durante todo el trayecto de
regreso a la aldea, ni siquiera se daba cuenta de las recriminaciones
del hermano. Las palabras que oyera de la boca del Mesías (ahora no
tenía ninguna duda de que lo fuese realmente) le proporcionaría
infinito consuelo y resignación ante los infortunios. Renunció a la
única oportunidad que tuvo de ser curado milagrosamente por el
Maestro galileo, pero eso ahora ya no le parecía que tuviese tanta
importancia. Una nueva luz le nació en su interior clarificando la
comprensión de sus problemas.
Regresó a su localidad resignado y dispuesto a proseguir soportando
la enfermedad, confiando en aquel Dios que era todo amor y
misericordia, al cual Jesús se refería.
Al llegar a casa, cuando el hermano Jacobo lo ayudaba a dejar la
camilla improvisada para acomodarse en el lecho. David percibió lleno
de júbilo - ¡oh! ¡Maravilla! -, que también podía andar, pues, de
igual manera, había sido curado, merced a la infinita bondad de aquel
Maestro Jesús, que era todo compasión por los sufridores.
En ese momento, profundamente emocionado, David recordó las palabras
que él le dijera y que permanecerían grabadas en su Espíritu para
siempre:

-"HAZ A LOS OTROS TODO LO QUE QUIERAS QUE ELLOS TE HAGAN."

1 Responses to “Las dos caras de los mentirosos”

  1. # Blogger dilonadamas

    Está bien bueno esto...harta info. me gusta.


    Salu2!  

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