Antiguas reflexiones

Investigando por el disco duro de mi ordenador, me he topado con un texto que había escrito hace algún tiempo, una reflexión sobre las pseudociencias en la actualidad (desde mi visión de aquel entonces, con mucha menor información de la que poseo en la actualidad). Me ha parecido bastante interesante, sobretodo porque, en términos generales, mi visión de la pseudociencia no ha cambiado.

Hablando de las pseudociencias

No cabe duda de que, actualmente, el mundo de las pseudociencias se ha convertido en el gran filón.

Para aquel no familiarizado con esta palabra, explicaré que, se entiende como pseudociencias todo aquello que se intenta englobar, con fines puramente interesados, en lo que se denomina como “conocimiento científico”.

Podemos englobar en ella temas tan interesantes como el espiritismo o el fenómeno OVNI.

¿Por qué molesta este tipo de actuaciones a la comunidad científica?

Se intenta vender como real y científicamente comprobado (aunque sin utilizar el método científico), aquello que únicamente se sustenta en base a creencias populares (como reza un refrán vasco: “Si tiene nombre, existe”). Esto afecta directamente a la sociedad que, ante la complejidad de los temas realmente científicos, se decanta por banales explicaciones que desbordan la razón por todos sus costados. Una sociedad de sin razón fomenta la incultura, la factible dominación del pueblo.

¿Cuál es el estado actual de este tipo de situación?

Actualmente, esta gente suele no creer en la ciencia, que no demuestra en base a modelos científicos una realidad una única vez, si no que es continuamente revisada, de modo que, si alguna teoría tiene a mal tener fallos, probablemente se censurará la misma. Esta situación obviamente no conviene a la pseudociencia, que se vería imposibilitada para mantener cualquier teoría. Pero le viene bien intentarlo, pues así da la imagen de una ciencia dogmática y autoritaria. Quieren que sus insignificantes razonamientos, erróneos según la ciencia constantemente revisada, se consideren como científicos, a pesar de que carezcan de cualquier base científica y, en la mayor parte de ocasiones, rayan peligrosamente con la lógica.

¿Por qué, aunque tan claro es discernir que se trata de creencias, se empeñan en darle una calificación de ciencia?

Es conveniente ese título. A pesar de todo, mucha gente suele tener más en cuenta, aunque no la entienda, la opinión de expertos científicos que, por supuesto, echan por tierra cualquier razonamiento pseudocientífico. Si se da la impresión de que tiene un cariz científico, su credibilidad aumentará. Generalmente, se apoyan en testimonios de gente que dice que le ha sucedido no se qué. Obviamente, sólo los datos objetivos sirven para dar base científica a una teoría. Se basan en que nada es imposible.
Actualmente, se comenta la posibilidad de que exista vida extraterrestre. Obviamente, dado el descomunal tamaño del universo, estas posibilidades son increíblemente altas. A la par que son increíblemente altas las posibilidades de que extraños anos intergalácticos destrocen una piñata que viaja a una velocidad cercana a la luz con sus potentes pistolas de rayos láser. Pero estas posibilidades (únicamente estadísticas) no demuestran la existencia de esa vida, y, por supuesto, no demuestran que esa supuesta vida nos visite.

¿Qué hace la comunidad científica ante este problema?

Más que la comunidad científica, son los científicos y los aficionados a la ciencia los que intentan que la gente no caiga en las manos de los interpretadores de realidades alternativas. Rebatiendo con la ayuda de la ciencia y la lógica aquello que es pseudocientífico, se intenta frenar el avance del irracionalismo.
Pocas veces se consigue. Generalmente se concede a estos científicos o defensores del pensamiento crítico el título de enemigos de la pseudociencia, o intoxicadores de la información. Se les acusa de querer imponer el pensamiento único, la dogmática científica. Sin embargo, no estamos hablando de una interpretación subjetiva, sino de una realidad objetiva, demostrable en base a hechos generalmente emulables cuantas veces se desee.

¿Cuál es la razón de que sean tan seguidas estas falsas ciencias?

Obviamente, a la gente le parece mejor una linda historia que la realidad. Siempre es mejor soñar con lo utópico. Eso es lo que hace la pseudociencia. Permite a quienes la siguen adentrarse en un mundo de fantasía. El problema estriba en que se consideran esas fantasías como hechos verídicos.
A la gente le gusta saber aquello que otra gente desconoce. Le gusta investigar. Pero, obviamente, para realizar investigaciones con cierto rigor científico, primero has de estudiar, una dura preparación por la que mucha gente interesada en estos temas no piensa pasar. Esta extensa formación científica también es necesaria para entender algunas noticias sobre los últimos avances científicos. Así pues, de un lado tenemos una falsa ciencia cercana al pueblo, y del otro tenemos la ciencia que nos dice la verdad revisada convenientemente, pero que sólo es para gente especializada. Es mejor creerse aquello que se entiende o que parece, a priori, razonable.
Como escritores de libros de ciencia ficción, estos “investigadores del misterio” serían muy bien reconocidos. Pero como periodistas serios, distan mucho de esa calificación.

¿De dónde beben estos pseudocientíficos?

Su principal fuente de inspiración es la mitología y las creencias populares. Recogen testimonios de gente que dice haber visto un “trasgu”, y dicen: “no hay razón para dudar de su testimonio”. La única razón para dudar de su testimonio es la propia lógica. Suelen buscar animales de leyenda, como el unicornio o algún otro. Juegan con las creencias religiosas, con la muerte. Teorizan sobre aquello que la ciencia es incapaz de demostrar de manera completamente efectiva. Si no es seguro que sea así, puede ser de esta otra manera.
El escritor de “ficción” J. J. Benítez, es uno de los mayores divulgadores de pseudociencia en nuestro país. Apoyándose en supuestos testimonios de gente importante en según que ámbitos, crea su propia película. Afirma sin rubor tener pruebas de algo tan subjetivo para cada persona como es la vida después de la muerte. Dice que existen conspiraciones para silenciar a aquellos que poseen una perspicacia y capacidad de captar la realidad superior a la del resto. En la psiquiatría, esto se conoce como paranoia. En la realidad de Benítez, como conspiración.
El problema no es que exista esta gente que juegue con las creencias. El problema es que existe gente que los cree y que los sigue ciegamente, sin mirar hacia otro lado, sin sopesar otras verdades más coherentes que las que su personal maestro le impone desde su posición de conocedor de la verdad total y absoluta.

Las pseudociencias constituyen un mal para la ciencia, que durante muchos años lleva luchando a favor de la divulgación de la realidad objetiva, en contra de la irracionalidad.
Un ejemplo ilustre de esta lucha es el ya fallecido Carl Sagan, un gran divulgador de la ciencia en contra de la incultura.
Cada vez parece que estas creencias modernas se arraigan más y más en la cultura popular, como ocurre, por ejemplo, con los ovnis que, según las estadísticas, existen para cerca de la mitad de la población española. Esto es un tanto alarmante, pues ese 50% de la población quizás no conozca las imposibilidades de los viajes interestelares debido a las grandes distancias del universo.
Según gran parte de los científicos, es muy posible que exista vida en otros planetas, ya sea en sus formas más simples o en algún tipo de bicho poco evolucionado. Pero es prácticamente imposible que esa forma de vida estreche nuestra mano en algún momento de nuestra civilización (y, por supuesto, de la suya).
Los partidarios de estas pseudociencias suelen olvidarse de las leyes físicas que impiden los viajes a tan largas distancias, quizás auspiciados por la gran evolución de la ciencia en los dos últimos siglos.

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