Datos, datos, datos

¿Cuántas veces ha sucedido que, al leer un texto pseudocientífico, donde se descubre la verdad verdadera y verídica más certera de todos los tiempos, te encuentras con una cantidad apabullante de datos de difícil contrastación? ¿Cuántas veces nos encontramos con nombres de reputados y reconocidos científicos en su casa a la hora de comer, que realizan afirmaciones extraordinarias sustentadas en sus pruebas y experimentos, relatados de forma escueta y anecdótica, llevados a cabo en el prestigioso Instituto de su barrio, al final de la calle, haciendo esquina, junto al bar de Manolín? ¿Cuántas veces nos hallamos frente a frente con nombres que ni San Google tiene en su haber (y si no los encuentras ni en Google, ya puedes rezar a la Virgen, aunque seas ateo, para atinar con él de pura casualidad en algún libro)? ¿Es que es tan difícil, a la hora de escribir un texto anunciando el hallazgo del siglo, poner unas simples referencias con las que comprobar que éso que se cuenta es verídico sin necesidad de que el lector se rompa los cuernos en búsquedas infructuosas?

Es normal en la difusión de pseudociencia proporcionar datos incontrastables, sesgos de textos verdaderamente científicos (sólo la parte que interesa, claro), evidencias anecdóticas, poner en boca de profesionales (cuando estos existen, claro) afirmaciones extraordinarias, o dotar de títulos que no ostenta a quien realiza dichas afirmaciones. Es muy normal. Total, nadie se suele molestar en encontrar referencias a los datos proporcionados, y, si algún incauto lo intenta, se encontrará con un mar de nada, u otra lluvia de datos que poco o nada tienen que ver con el tema a tratar.

Esto, poco o nada suele importar. Poca gente se toma en serio las gratuitas elucubraciones que se vierten a la hora de difundir la pseudociencia. Y, de todos modos, es fácil de refutar con verdaderos conocimientos avalados por profesionales reconocidos y con referencias no sólo claras, sino en abundancia.

Sin embargo, no siempre quien forma parte de esa gente que se lo traga (uy, que mal ha quedado) se encuentra con alguien que le proporcione información al respecto. Y precisamente ahí reside un grave problema.

Es, también, tremendamente normal que, después de la avalancha de datos irreferenciados, vengan frases del tipo “nosotros sólo informamos”, “los datos están sobre la mesa, cada cual que piense lo que quiera”, o, más reciente, “cada uno que saque sus propias conclusiones” del ínclito Pedro Amorós (Ocupado últimamente en demandar a la gente, ignorante de la lentitud de la Justicia (o eso dicen)). Quién no ha oído a Iker Jiménez (Inefable Jiménez por estos lares) decir alguna vez que ellos sólo van donde está la noticia, que ellos son meros informadores, que sólo buscan los datos. Todas estas frases son excusas para intentar evadir al receptor de la realidad subyacente de los informadores: quien controla la información, controla la opinión popular.

Por lo general, no se da la información de forma unlilateral. Suelen ser varios medios, independientes entre sí, los que se hagan eco de ella, a partir de fuentes diferentes (o en ocasiones con las mismas fuentes), y de manera contrastada, y la ofrezcan a la opinión pública, y ésta, a su vez, quien geste su propia visión a partir de los diferentes datos.

Sin embargo, lo más curioso, es que en la divulgación de la pseudociencia sí es normal que toda la información provenga de una sola fuente, e incluso que sea divulgada por un solo medio, sin, en muchas ocasiones, ser siquiera contrastada (no hará falta, supongo, recordar la historia de Nuestro hombre en Zaragoza), y, casi siempre (por no decir siempre) sin ofrecer referencias.

Una de las mejores maneras de dar credibilidad a la pseudociencia, y muy utilizada, es restringir los datos a divulgar. Esto, en este tipo de temas, lleva a que el caso a tratar sea inexplicable, dando pábulo a lo esotérico, a lo paranormal, a la explicación mágica. Atente a los datos, y el caso será inexplicable. Pero, oh, casualidad, los datos más jugosos e interesantes que podrían explicar lo relatado no se divulgan.

Un ejemplo que resultará muy clarificador, a la vez que revelador (es simple, pero fácilmente aplicable a alguna noticia super mega guay del paraguay que se suelen divulgar):

Imaginaros. Un pueblo, pequeño, viejo, en las cercanías de la ciudad de Astorga.

Lleno de gente sencilla, gente rural, gente de pueblo. Una familia, en una casa solitaria y vieja, alejada del resto de las de esa anciana localidad, atemorizada, completamente fuera de sí, por unos sucesos que tienen lugar allí. Por las noches, en esa casa, bordeada por un frondoso bosque a un lado, y una despoblada era que muere a la falda de una montaña al otro, se oyen ruidos imposibles. Por esa llanura despoblada y llena de amarillentos hierbajos, pasa puntual, el tren de las doce. Y pasa precisamente por ahí, porque ahí se encuentra una vía... pero es una vía muerta, una vía que no conduce a ningún lado, desde por lo menos 40 años.

Quién sabe la tragedia que se mascó en esos oxidados raíles, que estarían en desuso si no fuese porque cada noche, puntual, aparece el tren de las doce, para atemorizar a quien ose acercarse a sus dominios.

Muchos dirán que esto es imposible, que esto no puede estar pasando. Y tienen razón; esto no puede suceder. Pero sucede. Y sucede a pesar de esa ciencia anclada en su laboratorio, que niega lo que no entiende.

¿Es un tren fantasma que vaga por esas llanuras recordando, quizás, un trágico incidente que el dolor y el tiempo se han dedicado a enterrar? Yo, no lo sé. Yo sólo soy un mero informador, un buscador de la noticia, que va detrás de los datos para ofrecéroslos a vosotros, y que cada cual juzgue qué es lo que allí sucede.


Esta historia es real. Todo lo que se cuenta es verídico, y lo sé porque yo mismo lo he vivido (es más, esa vieja casa alejada de las demás pertenece a mi familia). Ahí no hay ninguna mentira. Simplemente una cantidad acojonante de paja estilo Inefable Jiménez©, pero ni una mentira.
De acuerdo al texto, ciñéndonos simplemente a él, y sin más información al respecto, poco o nada se puede concluir. Se escucha un tren que hace años que no pasa. ¿Qué puede ser?

Bueno, la verdad es que la solución es sencilla, y seguro que no cuesta mucho imaginarlo. Sólo falta un dato, y es que el tren pasa, a esa misma hora, tras el fondoso bosque. Se escucha en la era debido a un efecto sonoro en el que, sin duda, la montaña es de gran ayuda. Es un dato importante (es la base sobre la que se sustenta la explicación), que no se puede presuponer si se quiere sentenciar, y que ha sido omitido dejando el texto acomodado para la explicación mágica.
Aquí la suposición era previsible en cierta manera, pero no se podría opinar con mucha base utilizándola (digamos que sería un “en el caso de que hubiese...”). Sin embargo, no hay que contar siempre con que la omisión se pueda suponer tan fácilmente.
La información que nos llega no tiene porque ser siempre verídica ni completa. Y eso es una gran lacra a la hora de comprobar la veracidad de los fenómenos acaecidos.

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